Sombras sobre las urnas: La debacle del 12 de abril

El Perú acaba de protagonizar una de las jornadas electorales más aciagas de su historia republicana. No solo por el clima de extrema crispación política que la precedente, sino porque el caos logístico transformó el rito fundacional de la democracia —el sufragio— en un laberinto de ineficiencia. Lo que debió ser un proceso cristalino se percibió, para millones de ciudadanos, como una emboscada institucional. Los hechos no admiten eufemismos: las irregularidades registradas exigen una rendición de cuentas inmediata.

El diseño del caos

La cédula de votación fue, en sí misma, un monumento a la irresponsabilidad . En una nación con brechas educativas profundas, imponer una papeleta saturada con más de treinta candidatos presidenciales y columnas indescifrables para el Congreso constituye un despropósito. Si para el votante instruido el diseño resultaba confuso, para las grandes mayorías era un tormento insalvable. A esto se suma el calvario de los personeros: actos con más de tres mil casillas que exigen una precisión quirúrgica en condiciones de agotación. Bajo cualquier estándar, esto no es democracia; es un diseño orientado al error.

La aritmética de la sospecha

La gestión de Piero Corvetto al frente de la ONPE intentó maquillar el desastre extendiendo el horario de votación por dos horas, bajo la excusa de una "falla logística" en el transporte. No obstante, las cifras son reveladoras. Corvetto minimizó el impacto afirmando que "solo" sesenta y seis mil limeños se quedaron sin votar. Es una ligereza peligrosa: recordamos que Keiko Fujimori perdió una elección previa por apenas cuarenta y cuatro mil votos.

La sombra del 2021 proyecta una oscuridad persistente sobre el presente. Aquel triunfo de Pedro Castillo, ciego por la negativa de Corvetto a entregar el padrón electoral solicitado por sectores democráticos, sienta un precedente de desconfianza. En una contienda tan ajustada, la "invalidación" fáctica de esos sesenta y seis mil votos en plazas clave puede decidir, de forma arbitraria, el futuro de la presidencia.

¿Incapacidad o diseño deliberado?

La narrativa del "transportista impuntual" resulta inverosímil. La empresa contratada por la ONPE habría vulnerado las bases del concurso desde el origen, simulando poseer una flota de camiones que, en realidad, era alquilada. Esta negligencia —o connivencia— afectó estratégicamente a distritos con alta intención de voto para opciones como López Aliaga o Fujimori. Para la jefatura de la ONPE, fue un "error de distribución"; para la ciudadanía, parece una maniobra de exclusión focalizada .

Conclusión

¿Hemos votado con garantías plenas? Para una parte vasta del país, la respuesta es un no rotundo . El Perú ha acudido a las urnas bajo un sistema electoral que muchos perciben como abyecto y manipulado por intereses ideológicos cuya venalidad ha quedado expuesta. Hoy, el reto no termina en el sufragio: la verdadera batalla ciudadana comienza con la auditoría de un conteo que nace bajo la sombra de una desconfianza absoluta.

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