EL DESPERTAR DE LA HISTORIA: Por qué el siglo XXI no será como nos lo prometieron.
Hace treinta y cinco años, el politólogo estadounidense Francis Fukuyama se hizo famoso al proponer que el fin de la Guerra Fría y la disolución de la Unión Soviética anunciaban la universalización de la democracia liberal occidental. Como marxista-hegeliano, Fukuyama vio el liberalismo occidental como el punto final de la evolución ideológica y la forma definitiva de gobierno humano, creyendo que la humanidad había llegado al final de la historia.
Desde el 11-S hasta el ascenso de potencias como China e India, pasando por la crisis del globalismo y el resurgimiento de tensiones geopolíticas en Rusia y el Ártico, el primer cuarto del siglo XXI ha sepultado la tesis del "fin de la historia" de Fukuyama. La acumulación de conflictos globales demuestra que su utilidad teórica ha expirado.
En contraste, Samuel P. Huntington, quien había ecrito un ensayo, desafió la tesis de Fukuyama en El choque de civilizaciones, argumentando que los conflictos culturales determinarían el nuevo orden mundial. Pese a ser tildado de "racista" o "imperialista" por cuestionar los beneficios del multiculturalismo, la volatilidad del siglo XXI ha dado la razón a sus predicciones. Aun póstumamente, su análisis desapasionado sobre la incertidumbre global sigue siendo objeto de duras descalificaciones ideológicas.
¿Existe hoy un conflicto ajeno a la pugna de valores culturales? Desde la guerra perpetua entre Israel y sus vecinos islámicos hasta la tensión entre hindúes y musulmanes en el sur de Asia, la religión y la etnia dictan la violencia. Este patrón se repite en los conflictos tribales de África, las disputas territoriales en el Cáucaso y la volatilidad de los Balcanes. Incluso en Ucrania, la guerra en el Donbás refleja una fractura de identidad lingüística y religiosa, confirmando que las lealtades civilizacionales siguen transformando antiguos resentimientos en sangre. En todo el mundo, se trazan líneas de batalla en torno a la identidad civilizatoria. Los conflictos religiosos, los agravios históricos y la incompatibilidad cultural impulsan la violencia en todo el planeta.
Mientras el mundo arde, la élite globalista se refugia en el Foro Económico Mundial, el Consejo de Relaciones Exteriores o el Real Instituto de Asuntos Internacionales, para elogiar las "fronteras abiertas" y patologizar el nacionalismo. Existe una asimetría moral evidente: una deferencia casi sagrada hacia el islamismo frente al desprecio por la herencia judeocristiana, ignorando desde incendios en catedrales hasta el terrorismo de Hamás. Bajo la bandera del ecologismo, sacrifican la soberanía económica ante el Partido Comunista Chino, sustituyendo la producción propia por manufactura esclava subsidiada. Los globalistas son una casta que prefiere el confort de su "inutilidad activa" para reconocer las amenazas existenciales que acechan a Occidente.
Se esperaría que un cuarto de siglo de volatilidad global hiciera reflexionar a los promotores del globalismo tras el fracaso del "fin de la historia". Sin embargo, las élites occidentales parecen sumidas en una terquedad patológica e incuriosidad intelectual. Figuras como Mark Carney, Emmanuel Macron, Friedrich Merz y Ursula von der Leyen insisten en que el multiculturalismo es el único futuro posible, tachando al nacionalismo cultural de "ideología terrorista" mientras ignoran las grietas de su propio proyecto.
Ni el fracaso de la "construcción nacional" en Afganistán ni el horror de las redes de explotación sexual en Europa han hecho que el globalismo cuestione su dogma de la "diversidad". Tampoco el expansionismo de China, su espionaje o sus ansias de dominio frenan el trasvase de riqueza hacia Pekín bajo el pretexto de unas vacías "normas internacionales". Como dijo Charles Maurice de Talleyrand de los Borbones, esta élite occidental —empeñada en un culto suicida— "no ha aprendido nada ni ha olvidado nada".
Al entrar en el segundo cuarto del siglo XXI, el mundo se dispone a recibir una lección brutal sobre la persistencia del conflicto de civilizaciones. Mientras la teocracia iraní, sus aliados y el Estado de Israel se sumergen en una confrontación directa que arrastra a Estados Unidos, la fantasía del "fin de la historia" queda expuesta como el delirio de teóricos que se creyeron reyes filósofos. En el mundo real, la religión, el honor y el pasado dictan la agenda. Las teorías de gabinete se disuelven donde las balas vuelan más rápido que las palabras; allí, los tratados de paz son papel para encender hogueras en las trincheras. En la realidad, las culturas compiten y, inevitablemente, las civilizaciones chocan.
La ceguera voluntaria de la élite occidental no detendrá el avance de los hechos. El mundo no es un tablero de ajedrez teórico, sino un campo de colisión civilizacional donde Irán, Rusia y China desafiaban un orden que se creía eterno. Las fronteras se redibujan hoy con la misma ferocidad que hace siglos, recordándonos que las naciones que olvidan su identidad están condenadas a ser devoradas por las que la celebran. No estamos ante el ocaso de los conflictos, sino ante el amanecer de una era de hierro. El pasado informa el presente, el presente dicta el futuro, y el resto de la historia —descarnada y real— apenas está comenzando.

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